Parece una noción apocalíptica, acaso nostálgica o desesperanzadora, la idea de Bauman sobre los vínculos de hoy en día. ¿Perseguimos el conocimiento?, o ¿quizá solo pasa por nosotros, sin que nos transforme, de manera que seleccionamos solo aquello que nos sea útil? Si, lo común en este tiempo radica en pensar el sentido practico de las cosas, lo que es técnico, lo que es provechoso, lo que dará dinero; pero ¿que ocurre con nuestras subjetividades? considero que estas no deben estar exentas del conocimiento que adquirimos. En medio de tanta fragmentación del tiempo y la abreviación del conocimiento, deseamos condensar todo con tal de hacerlo accesible, pero evitamos algo medular: pensar desde la complejidad, comprendernos en nuestro entorno, no como algo general y liquido, sino que justamente requiere de atención, escucha, cuidado; considero que no todas las sociedades presentan tal liquidez generalista; existen aun comunidades cuyas formas de vida esquivan el ajetreo, formas comunitarias de organización en donde todavía los individuos pensamos en colectivo.
Como sugiere Bauman, la educación no solo se trata de almacenar en nuestra memoria ram para obtener conocimientos, sino que debe ir mas allá. Abundan las formas de auto educarnos, formas de repensar sobre el quienes somos, seres que se transforman constantemente, que podrían dejarse afectar por los cambios, pero a la vez conscientes de que nuestra formación como docentes debe estar en constante reflexión, y auto critica, cada grupo que llega es distinto y debemos pensar en las nuevas sensibilidades de los estudiantes que llegan. Aspiro a que todos podamos soltar la tradición, y adaptarnos al cambio, no por su naturaleza inestable y cambiante, sino para comprender a los que llegan al aula, esperando de nosotros, siquiera un poco de humanidad.

Concuerdo con usted compañera. Como docentes debemos estar continuamente autoreflexionando sobre nuestro rol como mediadores del aprendizaje. Por tanto, con respecto que la educación no solo debe generar conocimiento sino el desarrollo más profundo del ser que se está educando es importante que empecemos a generar nuevas ideas para lograr este objetivo. Es decir, de proponer nuevas estrategias metodológicas que atiendan a las necesidades actuales de nuestro estudiantes y que busquen que ellos también reflexionen sobre cómo la educación puede transformar su vida para bien. De manera que generemos en nuestro estudiante a través de la participación activa saberes que se conserven en el tiempo y que sobre todo ayuden a comprender al estudiante los cambios que suceden en la sociedad. En otras palabras, brindar herramientas para la brevedad y fugacidad del presente.
Efectivamente compañera, lo que plantea suena como una invitación necesaria a desacelerar y volver a mirar la educación como un acto profundamente humano. En un mundo donde la liquidez ha disuelto certezas y vínculos, la educación se enfrenta a la paradoja de formar personas en un tiempo que ya no cree en la formación como proceso ético, reflexivo y colectivo. Su reflexión acerca del conocimiento como algo que debería tocarnos, afectarnos, es clave: no basta con consumir datos o habilidades útiles si no logramos que el saber nos transforme.
Bauman no propone el desastre, sino el desafío: recuperar la esperanza en medio de la fragilidad. Y ahí, como bien dice, el rol del docente se vuelve esencial, no como transmisor, sino como alguien que cuida, escucha, piensa con otros. Tal vez la respuesta no sea una fórmula, sino una promesa: que aún en la incertidumbre, la educación puede seguir siendo un acto de amor lúcido y comprometido.