El ciclo de la innovación

Tomando la palabra innovar desde el concepto más básico ya nos da a entender que es volver a plantearse una idea desde una base. Pues esta palabra cobra una total relevancia en el campo educativo al plantear que es el evaluar a una base educativa y mejorarla ya sea en procesos, tiempos, planificaciones o metodologías que no necesariamente están siendo erradas, pero sí hay mejores opciones o posibilidades pues serán totalmente validas y enfocadas a la revitalización de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es por ello que los términos educación e innovación son y se retroalimentan entre ellos, pues la innovación impulsa transformaciones significativas en los procesos educativos, mientras que la educación, como espacio de formación continua, se convierte en este “terreno fértil” para aplicar, adaptar y generar nuevas ideas y así sucesivamente completan un ciclo.

La innovación será constante y de la misma forma la educación, puesto que cada acción puesta en práctica puede ser mejorada. La innovación permite renovar metodologías, integrar tecnologías emergentes y responder a los desafíos de un mundo en constante cambio. A su vez, la educación fomenta en docentes y estudiantes una actitud crítica, creativa y flexible, que es indispensable para que la innovación no solo se implemente, sino que tenga un impacto real en la calidad del aprendizaje.

Esta relación dinámica exige una mentalidad abierta al cambio, donde cada avance tecnológico o metodológico será una oportunidad para mejorar el acontecer educativo y no solo una moda pasajera como puede ser mal entendida.

Gordillo & Martinez. 2014. mencionan “Que hay que innovar (más) para educar (mejor) es una idea comúnmente admitida desde hace tiempo y una demanda clara hacia los sistemas educativos y hacia los docentes”, esta idea cabe y explica completamente este proceso pues la educación tiene como fin la innovación y esta misma innovación tiene como fin mejorar netamente la educación.

Es así que el ser docente hoy es más que impartir contenidos; es adaptarse, reinventarse y buscar nuevas formas de llegar a los estudiantes. La innovación que tratamos de realizar hay que entender que no siempre implica grandes cambios, a veces es probar algo distinto, usar una herramienta nueva o simplemente mirar la clase desde otra perspectiva, apoyarse de otros docentes y buscar siempre la innovación.

Martín-Gordillo, M., & Castro-Martínez, E. 2014. Educar para innovar, innovar para educar. Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología, Innovación y Educación. Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). ISBN: 978-84-7666-210-6.

La implicación de las TIC en la educación

Desde hace más de una década se ha intentado implementar de manera progresiva el uso de la tecnología en el ámbito educativo. Sin embargo, fue en el año 2020, con la llegada de la pandemia, cuando esta necesidad se volvió urgente. La educación, casi en su totalidad, se trasladó a entornos virtuales. Fue entonces cuando se evidenciaron muchas de las falencias y dificultades que existían en torno al uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).

Estas problemáticas, aunque ya estaban presentes, se volvieron mucho más visibles. Muchos docentes incluyéndome no estábamos preparados para utilizar adecuadamente estas herramientas pudiéndoles sacar el mayor provecho, y los estudiantes de igual forma también enfrentaron obstáculos importantes: la falta de equipos electrónicos, el desconocimiento sobre su uso correcto y la responsabilidad que implica trabajar con ellos.

Para los docentes, el cambio fue significativo. La experiencia de enseñar frente a una pizarra no es comparable con la de hacerlo frente a una pantalla. Las metodologías de enseñanza debieron modificarse drásticamente al igual que las planificaciones ya realizadas, la falta de preparación dificultó aún más este proceso de transición.

Si bien la etapa más crítica de la pandemia fue superada con rapidez, las dificultades en el uso efectivo de las TIC aún persisten, aunque en menor medida. Es importante comprender que estas tecnologías no reemplazan la educación, sino que funcionan como herramientas que facilitan, enriquecen y apoyan el proceso de enseñanza-aprendizaje.

El uso correcto y planificado de las TIC tiene un gran potencial: puede potenciar los aprendizajes, ofrecer nuevas formas de conocer el mundo y brindar recursos útiles para todos los niveles educativos. Cuando estas tecnologías son utilizadas de manera intencionada a través de simuladores, visitas virtuales, plataformas interactivas, etc., pueden generar aprendizajes significativos y duraderos, en un caso contrario pueden ser totalmente perjudiciales al no generar una moderación.

No obstante, la tecnología avanza a un ritmo más rápido que el sistema educativo, por lo que es fundamental que los docentes se mantengan en constante actualización. Esto forma parte de nuestra ética profesional: adaptarnos a los cambios, capacitarnos y mediar de manera adecuada el uso de estas herramientas en nuestras clases, sino somos capaces de “nivelarnos” los estudiantes tomaran una mayor libertad y esto al no ser controlado puede convertirse en una desventaja muy grande.

Finalmente, el reconocimiento del alcance de las TIC no solo representa una oportunidad para mejorar los procesos educativos, sino también para desarrollarnos en el ámbito personal. Comprender su viabilidad nos permite gestionar mejor los contenidos y, al mismo tiempo, identificar vacíos y falencias que pueden corregirse con el tiempo. Cada avance tecnológico abre nuevas posibilidades que debemos estar preparados para aprovechar.

Nos podemos ayudar entre pares y de forma intergeneracional a fin de obtener lo mejor de ambos y que esto sea de beneficio para estudiantes como docentes.

Hoy en día, las TIC no se usan de forma aislada: están integradas en todos los aspectos de nuestra vida, y con mayor razón, en el campo educativo, donde siguen transformando los procesos de enseñanza y aprendizaje de múltiples maneras.

Creatividad y Sociedad

Es innegable que la educación cambia con cada año escolar. Aunque los alumnos, los espacios o los profesores sean los mismos, es fundamental comprender que cada ciclo debe ser evaluado previamente. Esta evaluación permite observar las bases con las que se inició el proceso educativo y, quizás aún más importante, identificar cómo puede mejorar: ya sea en las formas de enseñar, planificar, los contenidos, los textos o al revisar si las técnicas y herramientas utilizadas siguen siendo válidas y necesarias.

Partiendo de esta premisa, educar abre el camino para formar y guiar personas —los estudiantes—. Sin embargo, este ciclo no puede ni debe ser repetitivo. Por ello, la innovación en cada clase, ciclo y año debe constituir un pilar fundamental sobre el cual se afiance la educación, si se desea avanzar hacia una enseñanza capaz de generar en el estudiantado conocimientos y habilidades que les permitan integrarse plenamente en la sociedad.

Este cambio en la forma de pensar debe nacer desde el ámbito docente, que será el encargado de prever situaciones y crear entornos donde los estudiantes puedan aplicar lo aprendido. Para ello, es necesario que el docente sea un agente creativo y automotivado, que reconozca que el cambio puede comenzar desde lo más pequeño o lo más sencillo.

Estos cambios no necesariamente están ligados a lo tecnológico. Más bien, invitan a explorar nuevas formas de dar solución a problemáticas actuales y futuras. También llaman a experimentar de forma ética, basada en documentación fundamentada que pueda servir de apoyo, dejando atrás lo tradicional y cómodo, con la disposición de reinventarse tanto durante el proceso como al cierre de cada ciclo.

Para todo esto, se espera que el docente actúe con autonomía responsable, sea crítico con su labor y con la de sus colegas, y participe activamente en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Si, además, es capaz de relacionar fundamentos teóricos con prácticas reales y generar aprendizajes significativos, se podrán dar pasos —grandes o pequeños— pero auténticamente innovadores y creativos.

Como lo menciona Romina Elisondo en su texto “Creatividad y educación”, una de las claves es la investigación, entendida no solo como un ejercicio propio del aula, sino como una práctica posible en cualquier espacio que pueda ser concebido como educativo.

Creatividad y Educación

La educación siempre ha sido considerada como la mejor de las “herencias”, pero es importante comprender que no se trata únicamente de conocimientos, asignaturas o de cuánto se logra aprender. La educación es un ente integral en el que participan varios actores, y donde se destaca un protagonista principal: el estudiantado.

Si bien es cierto que este ocupa una posición clave, sería un error pensar que puede actuar por sí solo. Su desarrollo se complementa con el escenario (los espacios educativos), los actores secundarios (los maestros) y los personajes de apoyo (los padres). Todos ellos conforman esta teatralidad educativa, la cual es guiada por un ente director: el Ministerio de Educación.

Gracias a un esfuerzo conjunto, es posible perfeccionar los procesos de enseñanza y aprendizaje. Sin embargo, en muchas ocasiones se cae en una rutina pedagógica que se transmite de año en año, sin entender que necesita ser renovada desde lo más simple hasta lo más complejo. Esto se debe a que el estudiantado evoluciona constantemente y requiere de nuevas estrategias, metodologías, didácticas y herramientas para generar aprendizajes sólidos que le permitan enfrentar nuevos escenarios.

¿Pero de qué depende esta evolución? Es una tarea compartida, donde no basta con la acción de un solo personaje. Se necesita que todo el reparto educativo sea proactivo, innovador y, sobre todo, esté motivado a evolucionar hacia un estado donde se anticipen situaciones, se relacionen hechos con la realidad del aula, y se brinden condiciones y desafíos que estimulen la resolución de problemas, entre otros aspectos fundamentales.

El docente, más allá de ser un transmisor de conocimientos, se convierte en un agente de cambio fundamental dentro del proceso educativo. Su compromiso con la innovación implica una actitud abierta a nuevas metodologías, al uso creativo de la tecnología y a la constante reflexión sobre su práctica. Un maestro comprometido no se conforma con repetir esquemas del pasado, sino que busca transformar el aula en un espacio dinámico, inclusivo y significativo. Reconoce que la educación debe adaptarse a las necesidades de un mundo en constante cambio, y por ello asume con responsabilidad el reto de formar estudiantes críticos, autónomos y capaces de desenvolverse en contextos diversos.

Educar no es simplemente transmitir información, sino formar seres humanos capaces de pensar, cuestionar, crear y transformar su realidad. La evolución del sistema educativo no debe depender únicamente de reformas estructurales, sino del compromiso consciente y activo de todos los involucrados. Solo cuando comprendamos que educar es un acto colectivo y dinámico, podremos construir entornos de aprendizaje verdaderamente significativos, donde cada estudiante no solo reciba conocimientos, sino también herramientas para construir su propio camino con sentido y propósito. Es por ello que el cambio se debe de dar desde el “pensamiento” del profesorado buscando aprender, capacitarse para ser un profesional que innove en su clase diaria-vida diaria.

Elisondo, R. C. (2018). Creatividad y educación: llegar con una buena idea. Creatividad y Sociedad, (27), 145–166.

Los retos de la educación en la modernidad líquida

Sabemos bien que vivimos en un mundo de constantes cambios; sin embargo, el sociólogo Zygmunt Bauman, desde el año 2007 en su libro Los retos de la educación en la modernidad líquida, nos ofrece una valiosa apreciación de cómo la educación, y en general la sociedad, están experimentando transformaciones aceleradas en sus diversos ritmos. Uno de estos ritmos es el de la educación, donde se busca la inmediatez tanto en los procesos como en los productos. Se comercializa el conocimiento, restando importancia a la persona como ente generador de saberes, y tratándola más bien como una herramienta que produce rápidamente y sin margen de error. No se valora la cultura educativa ni el aprendizaje significativo; en cambio, se busca impartir datos que llenen a los estudiantes sin filtrar ni contextualizar dicho conocimiento.

Estas críticas, en el ámbito educativo, se traducen en retos que deben ser superados de forma efectiva y conciliadora con el estudiante. Es necesario atender el tiempo destinado al aprendizaje fuera del aula, así como al que ocurre dentro de ella. Se deben desarrollar habilidades como la reflexión, la construcción de conocimientos, la capacidad para afrontar errores y la socialización con otros. En cierto modo, el aprendizaje moldea el futuro, y esa es su “meta”. Pero al hablar de meta, esta se transforma en una competencia, donde prima la utilidad del conocimiento y su alcance, preparando a los estudiantes para enfrentar una “carrera” contrarreloj que exige ser útil o utilitario para la sociedad.

Es por todo lo expuesto que debemos centrarnos en ofrecer a los estudiantes una educación de calidad, basada en conocimientos sólidos, herramientas pertinentes y estrategias significativas que les permitan afrontar su vida diaria y no quedarse con lo visto en un aula, que salgan aprendan y exploren otras posibilidades. No se trata solo de adquirir conocimientos para aprobar asignaturas, sino de formar personas críticas, creativas y comprometidas con su entorno.

Solo una educación que cultive la profundidad del pensamiento, el valor de la experiencia y la empatía con los otros podrá realmente preparar a las futuras generaciones para un mundo cambiante, incierto, pero lleno de posibilidades que día a día se transforma y aprende de diferente forma.