Educar en tiempos líquidos: un desafío que interpela al presente

Leer a Zygmunt Bauman siempre es una experiencia que remueve las certezas, y su texto “Los retos de la educación en la modernidad líquida” no es la excepción. Como educador en proceso de transformación e innovación, no puedo dejar de sentirme interpelado por sus palabras: ¿estamos realmente preparando a nuestros estudiantes para un mundo cambiante o seguimos atados a estructuras educativas sólidas en un tiempo que ya no lo es?
Bauman describe con claridad el colapso de los modelos estables de conocimiento, identidad y profesión. En su visión, la modernidad líquida ha disuelto las seguridades del pasado y ha instalado la incertidumbre como condición permanente, lo que exige una educación radicalmente distinta. Lo que más me impactó fue su afirmación de que hoy ya no educamos para transmitir certezas, sino para aprender a vivir en medio de la ambigüedad, a construir sentido sin mapas fijos.
En este contexto, el rol del docente no puede seguir siendo el de un mero transmisor de contenidos. Debemos convertirnos en guías que acompañan procesos de pensamiento crítico, adaptación, colaboración y resiliencia, ayudando a los estudiantes a navegar en un mundo donde el cambio es la única constante.
El texto también me deja una inquietud: ¿qué tan líquida es realmente nuestra escuela? Si seguimos evaluando con pruebas memorísticas, enseñando con metodologías rígidas y priorizando resultados sobre procesos, quizás estemos formando a los jóvenes para un mundo que ya no existe. La innovación educativa, como propone Bauman, no debe centrarse solo en lo tecnológico, sino en lo humano: formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y reconstruirse.
Esta lectura me reafirma en la necesidad de seguir construyendo una escuela más flexible, crítica y contextualizada. Como dice Bauman, el futuro no está escrito: educar es, entonces, un acto profundamente ético y político, una apuesta por una humanidad capaz de reinventarse en medio del caos.

Creatividad educativa: más allá del aula y de lo evidente

Tras la lectura del artículo “Creatividad y educación: llegar con una buena idea” de Romina Cecilia Elisondo (2018), me resulta inevitable replantearme el papel que como docentes estamos asumiendo frente a la creatividad en nuestras prácticas cotidianas. Elisondo logra construir un análisis riguroso y profundamente humano sobre la necesidad de pensar la creatividad como algo que va mucho más allá del arte o la innovación técnica. Su propuesta es clara: la creatividad es un fenómeno complejo, social y cultural que debe permear todo el proceso educativo.
Uno de los aportes más valiosos de este artículo radica en los cinco ejes que desarrolla: “mucho más que arte”, “mucho más que el aula”, “mucho más que el individuo”, entre otros. Estos enfoques permiten desmontar la visión reduccionista que suele vincular creatividad únicamente con disciplinas artísticas o con talentos individuales. Por el contrario, Elisondo nos invita a pensar la creatividad como una construcción colectiva, situada y profundamente ligada al entorno, la cultura, los vínculos y la emoción.
Destaco especialmente las “diez buenas ideas” que la autora propone al final del texto. Entre ellas, me interpelan profundamente dos: “llegar con una buena idea” y “mirar la educación desde perspectivas creativas”. Estas acciones, si bien parecen simples, implican un compromiso profundo del docente con la planificación reflexiva, con la ruptura de esquemas tradicionales, y con el respeto a la diversidad cognitiva y emocional de sus estudiantes.
Además, la autora enfatiza que la creatividad no se enseña, sino que se propicia. Esto exige que generemos climas educativos emocionalmente seguros, donde se valore el error, la curiosidad, la pregunta y la exploración. En este sentido, me queda claro que el reto no es solo metodológico, sino también ético: formar ciudadanos capaces de crear, dialogar, imaginar y transformar.
Este artículo de Elisondo no solo enriquece la teoría educativa, sino que funciona como un espejo para el ejercicio docente. Nos recuerda que crear también es educar, y que, en un mundo en constante cambio, una buena idea puede marcar la diferencia. El desafío está en llegar a clase con esa idea, nutrida por la teoría, pero sobre todo, por la sensibilidad pedagógica.

Educar para transformar: más allá de la innovación como moda

La lectura del texto Educar e innovar. Un viaje hacia el cambio educativo de Carlos Magro ha sido una provocación necesaria para repensar lo que entendemos por innovación en el ámbito educativo. Lejos de los discursos complacientes que asocian innovar con implementar tecnología o metodologías de moda, Magro nos recuerda que la verdadera innovación es un proceso profundamente ético, contextual y comprometido con el cambio social.
Lo que más me ha interpelado es su crítica a la visión instrumental de la innovación, que muchas veces se vacía de sentido pedagógico. Como bien plantea el autor, innovar no es un fin en sí mismo, sino un medio para garantizar el derecho a una educación de calidad, equitativa y significativa para todos.
Este enfoque me llevó a cuestionar mis propias prácticas: ¿estoy realmente generando espacios de aprendizaje transformadores o simplemente reproduciendo lo nuevo como sinónimo de lo mejor? Magro pone sobre la mesa una verdad incómoda: no toda innovación es educativa, y no toda educación necesita ser constantemente reinventada, si no responde a un análisis crítico del contexto.
Como educador comprometido con la transformación, me quedo con la invitación que hace el autor a pensar la innovación desde el diálogo, la reflexión compartida y la acción colectiva. Es ahí donde cobra sentido, donde deja de ser una estrategia aislada para convertirse en una herramienta de justicia educativa.
Este texto no solo informa, sino que incomoda, cuestiona y moviliza, cualidades esenciales de toda propuesta educativa que aspire a cambiar el mundo desde las aulas.

TIC en educación, ¿herramienta de cambio o ilusión de transformación?

La lectura del artículo “La implicación de las TIC en la educación: alcances, limitaciones y prospectiva” de Claudia Islas Torres me ha generado una mezcla de entusiasmo y cautela. Como docente en ejercicio y estudiante de maestría en Innovación Educativa, no puedo evitar preguntarme: ¿realmente estamos innovando con las TIC o simplemente maquillando viejas prácticas con recursos modernos?

El texto ofrece una mirada amplia y crítica sobre cómo las tecnologías han irrumpido en el ámbito educativo con promesas de transformación profunda. Se reconocen avances evidentes: el acceso a la información, la conectividad, los nuevos espacios de aprendizaje, la masificación educativa mediante los MOOCs. Sin embargo, también se señalan con claridad los límites de esta supuesta revolución digital: la falta de cambios metodológicos reales, la brecha entre el uso social y el uso pedagógico de las TIC, y la escasa alfabetización digital crítica de muchos estudiantes (y docentes).

Me resulta especialmente lúcida la afirmación de que no basta con incorporar infraestructura tecnológica. La innovación auténtica debe nacer del diseño pedagógico, de la reflexión sobre cómo las herramientas pueden potenciar el pensamiento crítico, la colaboración, la creatividad. Como bien advierte el artículo, muchas veces se cae en la trampa de considerar que el uso de tecnología por sí solo ya implica innovación, cuando en realidad seguimos replicando modelos tradicionales bajo una nueva fachada.

La prospectiva que plantea la autora también me invita a pensar con más profundidad: gamificación, aprendizaje personalizado, curación de contenidos… todos estos conceptos tienen potencial, pero requieren una cultura institucional que los sostenga, formación docente continua y, sobre todo, una visión pedagógica clara. La educación no puede depender exclusivamente de la velocidad de la tecnología; debe apoyarse en principios sólidos de enseñanza y aprendizaje significativo.

En definitiva, esta lectura me reafirma en una convicción: las TIC no son el fin, sino un medio. El verdadero desafío está en cómo las usamos para reconfigurar nuestras prácticas y responder a las complejidades del mundo actual. Innovar no es usar más tecnología, sino usarla mejor, con sentido pedagógico, con justicia social y con visión crítica.