Hace unos meses, al terminar de leer Un mundo feliz de Aldous Huxley, me enfrenté a una ficción perturbadora que, sin embargo, refleja con crudeza aspectos de nuestra realidad actual. La obra muestra una sociedad donde las personas han sido condicionadas para ser “felices”, aunque en realidad se trata de una felicidad superficial y automatizada. La inmediatez con la que los personajes calman sus emociones o acceden al placer mediante el soma, una droga que suprime cualquier malestar, evidencia una dinámica que, aunque exagerada en la novela, no resulta ajena a nuestra época. Este paralelismo se hace aún más evidente al contrastarlo con las ideas de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, donde la gratificación instantánea y la aversión al esfuerzo prolongado dominan la vida social.
En Un mundo feliz, la figura del “salvaje”, un personaje que proviene de fuera del sistema y cuestiona sus fundamentos, incomoda a quienes lo rodean porque representa una autenticidad que la sociedad ha reprimido. Su presencia desafía la comodidad de una existencia basada en la evitación del dolor y la reflexión profunda. Al final de la novela, esta autenticidad es rechazada y criminalizada, un desenlace que refleja la resistencia de las sociedades a enfrentar las complejidades de la condición humana. Esta narrativa resuena con lo que Bauman describe en Los retos de la educación en la modernidad líquida: una cultura que privilegia lo efímero, donde el compromiso con procesos profundos, como el autoconocimiento o la educación, se percibe como una carga innecesaria.
La obra de Huxley me dejó con una inquietud persistente: ¿Qué ocurre cuando la inteligencia emocional y la reflexión crítica son desplazadas por soluciones rápidas? En la novela, el soma simboliza la negación del proceso natural de crecimiento personal, donde el placer y la realización surgen del esfuerzo y la paciencia. Bauman, por su parte, habla del “síndrome de la impaciencia”, un fenómeno que observo diariamente en el ámbito educativo. Muchos estudiantes, y, en ocasiones, sus familias, muestran una baja tolerancia a la frustración, esperando resultados inmediatos sin valorar el proceso de aprendizaje. Cuando algo no sale como esperaban, buscan culpables externos, frecuentemente al docente, en lugar de reflexionar sobre sus propias acciones.
Bauman señala que la educación ha dejado de verse como un proceso continuo para convertirse en una “mercancía” que se consume y descarta. Esta mentalidad ignora que el aprendizaje implica ensayo y error, y que las habilidades más valiosas, como la resiliencia o el pensamiento crítico, se desarrollan con tiempo y esfuerzo. En la modernidad líquida, el conocimiento ya no se valora por su durabilidad, sino por su utilidad inmediata, lo que lleva a una educación fragmentada y superficial. Como docente, veo cómo este enfoque mina el rol del profesor, reducido a un proveedor de contenidos en lugar de ser un guía en la construcción del conocimiento.
La conexión entre Huxley y Bauman es clara: ambos advierten sobre los peligros de una sociedad que evade la profundidad y la reflexión. Mientras Huxley imagina un mundo donde la felicidad se impone químicamente, Bauman analiza una realidad donde la educación y el conocimiento se adaptan a la lógica del consumo rápido. Ante esto, surge una pregunta urgente: ¿Cómo rediseñar la educación para que, sin ceder a la inmediatez, siga siendo relevante en un mundo que cambia vertiginosamente? La respuesta, quizá, esté en recuperar el valor de lo procesual, en enseñar que el verdadero crecimiento, personal e intelectual, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la valentía de cuestionar las comodidades que nos ofrece la modernidad líquida.