¿Transformación o dependencia? Un debate sobre el papel de las TIC en la educación 

La irrupción de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) ha generado una profunda reconfiguración en la manera de acceder, construir y difundir el conocimiento. En el ámbito educativo, su presencia es innegable, pero ¿realmente están transformando la educación o sólo la están maquillando con herramientas digitales? 

Según Islas Torres (2017), vivimos una “metamorfosis” del conocimiento, en la que las TIC han pasado de ser herramientas externas a convertirse en parte inseparable de la vida cotidiana de los contextos educativos. Esta integración ha producido avances notables, como la expansión de los recursos didácticos, la posibilidad de interacción remota, y la inclusión a través de modelos como los cursos masivos abiertos en línea (MOOC) (Islas Torres 2017, 8–10). No obstante, esta misma autora advierte que algunos críticos consideran que los individuos “se convierten en simples contenidos más que en verdaderos elementos de valor” (Islas Torres 2017, 1). 

El debate se intensifica al observar las limitaciones del uso educativo de las TIC. Investigaciones documentadas en el texto reportan apatía estudiantil, escasas competencias digitales y metodologías inadecuadas que no logran aprovechar el potencial de las herramientas tecnológicas (Islas Torres 2017, 12). A esto se suma la afirmación de que “la Universidad del siglo XXI no se conseguirá adaptando las nuevas tecnologías a los viejos paradigmas educativos” (Islas Torres 2017, 12), lo que señala una desconexión entre el discurso tecnológico y la práctica pedagógica. 

Además, la alfabetización digital de los estudiantes parece responder más a fines recreativos que educativos. Como señala el Informe Horizon, existe una “escasa creación de modelos de educación flexibles” y un “poco fortalecimiento en la infraestructura” (Islas Torres 2017, 13), lo que plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de una educación dependiente de tecnologías sin condiciones estructurales que la soporten. 

La prospectiva, sin embargo, plantea escenarios esperanzadores. Se proponen modelos de aprendizaje no lineales que incorporen la gamificación, el pensamiento crítico, la gestión de datos y la creación colaborativa de conocimiento (Islas Torres 2017, 15). Pero estas propuestas no están exentas de desafíos: “la evolución de la tecnología no es del mismo ritmo y velocidad que el de la educación”, y persisten factores que frenan su avance (Islas Torres 2017, 16). 

Quisiera conocer su opinión colegas a través de las siguientes preguntas: 

 ¿Las TIC están siendo utilizadas como herramientas liberadoras que democratizan el conocimiento, o se están convirtiendo en mecanismos de control y consumo superficial del saber? 
¿Es suficiente con digitalizar los contenidos sin transformar las bases pedagógicas? 

Adicionalmente quiero compartirles este video que me pareció super interesante para la reflexión.

Referencia 

      Islas Torres, Claudia. 2017. “La implicación de las TIC en la educación: Alcances, limitaciones y prospectiva.” RIDE Revista Iberoamericana para la Investigación y el Desarrollo Educativo 8 (15): 1–18. https://doi.org/10.23913/ride.v8i15.324

¿Es posible innovar dentro de un sistema educativo que sigue valorando la repetición y la memorización por encima de la creatividad y la colaboración?

A lo largo del texto, los autores señalan con fuerza que el discurso de la innovación educativa muchas veces no se traduce en la práctica cotidiana. La cultura escolar, marcada por la hiperregulación, la organización rígida del espacio y el tiempo, y la lógica tradicional de la evaluación, actúa como un obstáculo estructural.

Actualmente trabajo en el Museo del Carmen Alto, entonces desde la perspectiva museística, donde el aprendizaje suele ser lúdico, experimental y colaborativo, me resulta evidente que el potencial innovador está directamente ligado a la flexibilidad del entorno. En la escuela, sin embargo, los “espacios seriados” y los “tiempos repetidos” que describen los autores, refuerzan una lógica opuesta: la de la estandarización. La innovación, en estos marcos, queda marginada.

“La organización seriada de los espacios tiende a configurar también por defecto un único tipo de enseñanza […] y no suele facilitar la configuración flexible de otras posibles formas de aprendizaje” (Martín-Gordillo y Castro-Martínez 2014, 11).

Entonces, ¿es posible innovar en ese contexto? Sí, pero no es fácil. Se requiere voluntad, estrategias disruptivas y, sobre todo, una mirada crítica que permita identificar y sortear las limitaciones sin dejarse absorber por ellas.

Ahora dentro del contexto educativo me permito plantearles las siguientes preguntas a mis colegas, los cuales la mayoría son docentes, pero antes quiero yo responderlas.

¿Debería empezar la innovación por los docentes, por las políticas públicas o por una transformación cultural más profunda del sistema educativo?

Creo que es necesario trabajar en los tres niveles a la vez. Las políticas públicas pueden generar marcos que habiliten el cambio, pero si no hay docentes comprometidos y empoderados, las reformas se quedan en el papel. Al mismo tiempo, no podemos pedir a los educadores que innoven en solitario dentro de estructuras que castigan el riesgo y premian la inercia. En este sentido, como señalan los autores:

“Los docentes han de promover el trabajo en equipo, la colaboración, el diálogo y, en suma, la participación del alumnado” (Martín-Gordillo y Castro-Martínez 2014, 15).

En mi trabajo en el museo, he aprendido que las comunidades de práctica y los equipos colaborativos generan las condiciones ideales para la innovación real. Tal vez en el ámbito educativo formal deberíamos apostar más fuerte por construir esas comunidades desde abajo.

¿Hasta qué punto los propios mecanismos de evaluación son el mayor freno para transformar la educación desde adentro?

Aquí el texto es claro: la evaluación es la “clave de bóveda” del sistema. Cambiar cómo evaluamos podría ser el primer paso real para innovar. Desde mi rol de educador en un museo, donde el énfasis está en el proceso y no en el resultado, puedo afirmar que esto transforma la experiencia de aprendizaje. En cambio, en el aula, la evaluación sigue funcionando muchas veces como castigo o filtro, no como una herramienta de mejora.

“El aspecto más contradictorio con el aprendizaje de la innovación es el carácter radicalmente individualizado de la evaluación escolar” (Martín-Gordillo y Castro-Martínez 2014, 12).

Innovar sin transformar la evaluación es como querer correr con una pierna atada. Si queremos formar estudiantes capaces de colaborar, crear y resolver problemas complejos, debemos empezar por valorar esas mismas competencias en sus procesos de evaluación.

Adicionalmente, quiero compartirles este video, con el fin que la reflexión sea más profunda y contextualizada.

Referencia

Martín-Gordillo, Mariano, y Elena Castro-Martínez. 2014. Educar para innovar, innovar para educar. Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología, Innovación y Educación. Madrid: OEI. https://www.oei.es/congreso2014/memoriactei/1672.pdf

¿Cómo redefinir la creatividad en la educación del siglo XXI? Entre aulas, emociones y sociedad

En el artículo Creatividad y educación: llegar con una buena idea, Romina Cecilia Elisondo propone una mirada profunda y transformadora sobre la creatividad como fenómeno complejo, integral y necesariamente vinculado al ámbito educativo. La autora no solo cuestiona visiones reduccionistas que limitan la creatividad al arte, sino que además plantea con claridad que educar creativamente supone romper estructuras rígidas, abrirse a la emocionalidad y reconocer la riqueza de lo extra-aúlico.

Luego de leer el texto, me han surgido múltiples inquietudes que considero importantes para debatir con ustedes compañeros. En este espacio quiero proponer tres preguntas que considero claves y que me gustaría comenzar a responder, no como verdades cerradas, sino como puntos de partida para abrir el intercambio. Me encantaría leer sus opiniones, ideas y desacuerdos: así generamos un verdadero diálogo colectivo.

1.¿Es la creatividad realmente un fenómeno educativo integral o sigue atrapada en el arte?

      Aunque muchos discursos afirman que la creatividad puede encontrarse en todos los campos del saber, en la práctica muchas veces sigue confinada a las clases de arte o literatura. Como afirma la autora:

      “Las comprensiones integradoras de la creatividad amplían de manera significativa las posibilidades de potenciar procesos creativos en contextos educativos” (Elisondo 2018, 153).

      Quiero reflexionar sobre esta tensión entre discurso y realidad, y me interesa saber: ¿en sus experiencias docentes o académicas, sienten que esto está cambiando?

      2. ¿Puede la escuela tradicional adaptarse a una educación centrada en la creatividad emocional y social?

      La autora sostiene que las emociones y los vínculos son piezas clave en el proceso creativo:

      “Los procesos creativos se despliegan en un complicado juego de emociones, preguntas, enigmas, sorpresas, pasiones y relaciones” (Elisondo 2018, 154).

      En este sentido, ¿puede la escuela actual, con sus rutinas y estructuras, realmente habilitar un espacio donde esto ocurra? Yo tengo algunas ideas al respecto que compartiré, pero me interesa mucho saber cómo lo viven ustedes en sus contextos.

      3.¿Hasta qué punto las actividades extracurriculares y contextos no formales son el verdadero motor de la creatividad estudiantil?

      El artículo señala que los estudiantes reconocen con frecuencia que se sienten más libres y creativos fuera del aula:

      “Los alumnos encuentran más oportunidades para desarrollar procesos creativos fuera de las aulas que dentro de ellas” (Elisondo 2018, 155).

      Les invito a que compartan sus ideas, experiencias o incluso sus desacuerdos. Yo estaré encantado de responder cada una de estas preguntas con mi propia mirada, para construir juntos una conversación enriquecedora sobre los desafíos de educar para la creatividad.

      Adicionalmente quiero compartir esta entrevista en la que participa Romina Elisondo y trata sobre la creatividad:

      Referencia:

      Elisondo, Romina Cecilia. 2018. Creatividad y educación: llegar con una buena idea. Creatividad y Sociedad, no. 27 (febrero): 145–166. http://creatividadysociedad.com/articulos/27/6.Creatividad%20y%20educacion_llegar%20con%20una%20buena%20idea.pdf.

      ¿Está la educación tradicional obsoleta ante la velocidad del cambio en la modernidad líquida?

      En la era de la modernidad líquida, como la denomina Bauman, la educación enfrenta un desafío inédito: preparar a individuos para un mundo que cambia constantemente, donde los conocimientos envejecen casi al instante y las certezas desaparecen. La estructura tradicional de la educación, basada en la acumulación de saberes duraderos y en una secuencia lineal de aprendizaje, parece desentonar con las exigencias de un mercado laboral y social cada vez más volátil.

      Bauman advierte sobre este desfase al señalar que “el conocimiento tenía valor puesto que se esperaba que durara, así como la educación tenía valor en la medida en que ofreciera conocimiento de valor duradero” (Bauman 2007, 26). Sin embargo, esta lógica ya no se sostiene en un mundo donde lo efímero es norma y la actualización constante es una necesidad vital.

      Les propongo responder estas dos preguntas de acuerdo a su experiencia estudiantil y docente, con el fin de lograr un intercambio de ideas de esta temática que me ha parecido bastante interesante.

      ¿Debe reinventarse la educación abandonando el ideal de permanencia del conocimiento? ¿O puede mantenerse fiel a su misión formadora en medio del vértigo de lo líquido?

      Quiero compartir con ustedes este video que me sirvió mucho para comprender lo que nos menciona Bauman en referencia a la educación en la modernidad líquida.

      Referencia

      Bauman, Zygmunt. Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona: Gedisa, 2007.