Romper el ciclo: innovación que educa y educación que innova

Leer Educar para innovar, innovar para educar fue, para mí, como mirar por un espejo que no solo refleja lo que hacemos como docentes, sino también lo que dejamos de hacer. Martín-Gordillo y Castro-Martínez nos invitan a sumergirnos en un tema tan apasionante como desafiante: la innovación en la educación no como moda, sino como necesidad estructural.

Desde mi experiencia, tanto en el aula como en los espacios de formación continua, muchas veces hablamos de innovación con entusiasmo, pero sin detenernos a pensar qué implica realmente. Este libro desmonta esa visión superficial y nos propone mirar la innovación como un proceso consciente, contextualizado y, sobre todo, comprometido con el aprendizaje significativo.
Lo que más me interpeló fue la idea de que no podemos seguir educando para un mundo que ya no existe. La escuela, tal como la conocemos, fue diseñada para un modelo social e industrial que está siendo reemplazado por nuevas lógicas: digitales, colaborativas, impredecibles. Innovar, entonces, no es un “lujo” pedagógico, sino una responsabilidad ética. Implica repensar los contenidos, los métodos, los roles y, quizás lo más difícil, nuestra propia mentalidad como educadores.

A lo largo del libro, se plantea que innovar no significa simplemente incorporar tecnología o cambiar de herramienta. Es algo mucho más profundo: es cambiar de mirada, cuestionar estructuras, abrirse a otras formas de enseñar y aprender, y asumir que los estudiantes de hoy necesitan habilidades distintas a las que priorizábamos antes. Creatividad, pensamiento crítico, resolución de problemas, aprendizaje colaborativo… ¿están realmente presentes en nuestras prácticas, o solo en el discurso?

Como docente, me sentí llamado a revisar mis rutinas pedagógicas. Como estudiante de posgrado, me vi obligado a pensar: ¿estoy aprendiendo a innovar o simplemente adaptándome a nuevas formas de hacer lo mismo?
Educar para innovar, innovar para educar no ofrece recetas mágicas y eso se agradece, pero sí plantea una hoja de ruta para quienes queremos hacer del cambio educativo algo más que una consigna. El libro nos recuerda que educar es, en sí mismo, un acto de innovación cuando se hace con sentido, con apertura y con el compromiso de transformar realidades.

En definitiva, este texto me dejó una certeza: la innovación educativa no empieza en el aula, sino en la cabeza (y el corazón) del docente.

2 Replies to “Romper el ciclo: innovación que educa y educación que innova”

  1. Estimada compañera, es cierto, como docentes que queremos transformar las maneras de enseñar y sobre todo de brindar herramientas y guiar a nuestros estudiantes a que sean futuros innovadores debemos evaluar nuestra practica docente. Y esto para reflexionar si lo que estamos aprendiendo lo estamos llevando a la práctica o simplemente estamos siendo acumuladores de conocimiento. Por tanto, educar para innovar también implica a que nos aventuremos y exploremos nuevas formas de enseñar que atiendan a los distintos contextos y necesidades de nuestro estudiantes.

  2. Tu lectura del libro Educar para innovar, innovar para educar es profunda e inspiradora. Coincido contigo en que el texto de Martín-Gordillo y Castro-Martínez no se limita a hablar de innovación como una tendencia pasajera, sino que plantea una transformación educativa desde la raíz. Rescato especialmente tu afirmación de que “la innovación no es un lujo, sino una responsabilidad ética”, ya que interpela directamente nuestra labor docente en tiempos de cambio acelerado.
    Es potente la metáfora del “espejo” que usas para describir el libro. Justamente, uno de los mayores aportes de esta obra es que nos obliga a mirarnos críticamente, a identificar qué tanto nuestras prácticas cotidianas están alineadas con los desafíos de la sociedad contemporánea. Tal como lo señalas, no basta con incorporar tecnología o nuevas metodologías si el fondo sigue reproduciendo esquemas tradicionales.
    También encuentro muy acertada tu reflexión sobre la necesidad de cambiar de mentalidad. Esa es quizás la parte más difícil y, a la vez, la más urgente. Innovar implica cuestionarnos como educadores: no solo qué enseñamos, sino por qué y para qué lo hacemos. ¿Realmente promovemos el pensamiento crítico, la colaboración, la creatividad? ¿O simplemente adaptamos la forma, manteniendo el fondo?
    Tu comentario me lleva a pensar que la innovación, cuando se asume con sentido pedagógico y compromiso social, se convierte en una forma de resistencia: resistencia a la obsolescencia educativa, a la inequidad, a la pasividad del sistema. Gracias por invitar a este diálogo tan necesario.

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