Leer a Zygmunt Bauman siempre es una experiencia que remueve las certezas, y su texto “Los retos de la educación en la modernidad líquida” no es la excepción. Como educador en proceso de transformación e innovación, no puedo dejar de sentirme interpelado por sus palabras: ¿estamos realmente preparando a nuestros estudiantes para un mundo cambiante o seguimos atados a estructuras educativas sólidas en un tiempo que ya no lo es?
Bauman describe con claridad el colapso de los modelos estables de conocimiento, identidad y profesión. En su visión, la modernidad líquida ha disuelto las seguridades del pasado y ha instalado la incertidumbre como condición permanente, lo que exige una educación radicalmente distinta. Lo que más me impactó fue su afirmación de que hoy ya no educamos para transmitir certezas, sino para aprender a vivir en medio de la ambigüedad, a construir sentido sin mapas fijos.
En este contexto, el rol del docente no puede seguir siendo el de un mero transmisor de contenidos. Debemos convertirnos en guías que acompañan procesos de pensamiento crítico, adaptación, colaboración y resiliencia, ayudando a los estudiantes a navegar en un mundo donde el cambio es la única constante.
El texto también me deja una inquietud: ¿qué tan líquida es realmente nuestra escuela? Si seguimos evaluando con pruebas memorísticas, enseñando con metodologías rígidas y priorizando resultados sobre procesos, quizás estemos formando a los jóvenes para un mundo que ya no existe. La innovación educativa, como propone Bauman, no debe centrarse solo en lo tecnológico, sino en lo humano: formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y reconstruirse.
Esta lectura me reafirma en la necesidad de seguir construyendo una escuela más flexible, crítica y contextualizada. Como dice Bauman, el futuro no está escrito: educar es, entonces, un acto profundamente ético y político, una apuesta por una humanidad capaz de reinventarse en medio del caos.
