Desde hace más de una década se ha intentado implementar de manera progresiva el uso de la tecnología en el ámbito educativo. Sin embargo, fue en el año 2020, con la llegada de la pandemia, cuando esta necesidad se volvió urgente. La educación, casi en su totalidad, se trasladó a entornos virtuales. Fue entonces cuando se evidenciaron muchas de las falencias y dificultades que existían en torno al uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).
Estas problemáticas, aunque ya estaban presentes, se volvieron mucho más visibles. Muchos docentes incluyéndome no estábamos preparados para utilizar adecuadamente estas herramientas pudiéndoles sacar el mayor provecho, y los estudiantes de igual forma también enfrentaron obstáculos importantes: la falta de equipos electrónicos, el desconocimiento sobre su uso correcto y la responsabilidad que implica trabajar con ellos.
Para los docentes, el cambio fue significativo. La experiencia de enseñar frente a una pizarra no es comparable con la de hacerlo frente a una pantalla. Las metodologías de enseñanza debieron modificarse drásticamente al igual que las planificaciones ya realizadas, la falta de preparación dificultó aún más este proceso de transición.
Si bien la etapa más crítica de la pandemia fue superada con rapidez, las dificultades en el uso efectivo de las TIC aún persisten, aunque en menor medida. Es importante comprender que estas tecnologías no reemplazan la educación, sino que funcionan como herramientas que facilitan, enriquecen y apoyan el proceso de enseñanza-aprendizaje.
El uso correcto y planificado de las TIC tiene un gran potencial: puede potenciar los aprendizajes, ofrecer nuevas formas de conocer el mundo y brindar recursos útiles para todos los niveles educativos. Cuando estas tecnologías son utilizadas de manera intencionada a través de simuladores, visitas virtuales, plataformas interactivas, etc., pueden generar aprendizajes significativos y duraderos, en un caso contrario pueden ser totalmente perjudiciales al no generar una moderación.
No obstante, la tecnología avanza a un ritmo más rápido que el sistema educativo, por lo que es fundamental que los docentes se mantengan en constante actualización. Esto forma parte de nuestra ética profesional: adaptarnos a los cambios, capacitarnos y mediar de manera adecuada el uso de estas herramientas en nuestras clases, sino somos capaces de “nivelarnos” los estudiantes tomaran una mayor libertad y esto al no ser controlado puede convertirse en una desventaja muy grande.
Finalmente, el reconocimiento del alcance de las TIC no solo representa una oportunidad para mejorar los procesos educativos, sino también para desarrollarnos en el ámbito personal. Comprender su viabilidad nos permite gestionar mejor los contenidos y, al mismo tiempo, identificar vacíos y falencias que pueden corregirse con el tiempo. Cada avance tecnológico abre nuevas posibilidades que debemos estar preparados para aprovechar.
Nos podemos ayudar entre pares y de forma intergeneracional a fin de obtener lo mejor de ambos y que esto sea de beneficio para estudiantes como docentes.
Hoy en día, las TIC no se usan de forma aislada: están integradas en todos los aspectos de nuestra vida, y con mayor razón, en el campo educativo, donde siguen transformando los procesos de enseñanza y aprendizaje de múltiples maneras.

La lectura del artículo de Claudia Islas Torres permite identificar una verdad incómoda pero necesaria: la integración de las TIC en la educación no ha sido ni tan rápida ni tan eficaz como se esperaba. Desde la experiencia docente, esta realidad no sorprende. Con frecuencia, la incorporación de nuevas tecnologías en el aula se da más por mandato institucional que por una convicción pedagógica clara.
Uno de los aspectos más destacables del texto es cómo desmitifica la idea de que el acceso a la tecnología equivale automáticamente a innovación. En el aula, muchas veces observamos que los recursos digitales —aunque modernos— se usan para reproducir esquemas tradicionales: presentaciones extensas, tareas repetitivas o actividades que no fomentan el pensamiento crítico. Esta observación coincide con lo que el artículo llama “la adaptación de tecnologías a viejos paradigmas”.