Es innegable que la educación cambia con cada año escolar. Aunque los alumnos, los espacios o los profesores sean los mismos, es fundamental comprender que cada ciclo debe ser evaluado previamente. Esta evaluación permite observar las bases con las que se inició el proceso educativo y, quizás aún más importante, identificar cómo puede mejorar: ya sea en las formas de enseñar, planificar, los contenidos, los textos o al revisar si las técnicas y herramientas utilizadas siguen siendo válidas y necesarias.
Partiendo de esta premisa, educar abre el camino para formar y guiar personas —los estudiantes—. Sin embargo, este ciclo no puede ni debe ser repetitivo. Por ello, la innovación en cada clase, ciclo y año debe constituir un pilar fundamental sobre el cual se afiance la educación, si se desea avanzar hacia una enseñanza capaz de generar en el estudiantado conocimientos y habilidades que les permitan integrarse plenamente en la sociedad.
Este cambio en la forma de pensar debe nacer desde el ámbito docente, que será el encargado de prever situaciones y crear entornos donde los estudiantes puedan aplicar lo aprendido. Para ello, es necesario que el docente sea un agente creativo y automotivado, que reconozca que el cambio puede comenzar desde lo más pequeño o lo más sencillo.
Estos cambios no necesariamente están ligados a lo tecnológico. Más bien, invitan a explorar nuevas formas de dar solución a problemáticas actuales y futuras. También llaman a experimentar de forma ética, basada en documentación fundamentada que pueda servir de apoyo, dejando atrás lo tradicional y cómodo, con la disposición de reinventarse tanto durante el proceso como al cierre de cada ciclo.
Para todo esto, se espera que el docente actúe con autonomía responsable, sea crítico con su labor y con la de sus colegas, y participe activamente en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Si, además, es capaz de relacionar fundamentos teóricos con prácticas reales y generar aprendizajes significativos, se podrán dar pasos —grandes o pequeños— pero auténticamente innovadores y creativos.
Como lo menciona Romina Elisondo en su texto “Creatividad y educación”, una de las claves es la investigación, entendida no solo como un ejercicio propio del aula, sino como una práctica posible en cualquier espacio que pueda ser concebido como educativo.
