Considero que la creatividad y la educación están estrechamente relacionadas y son esenciales para formar sociedades del conocimiento que sean dinámicas, innovadoras y sostenibles (UNESCO, 2017). Entender que la creatividad no surge espontáneamente, sino que se construye a partir del vínculo entre las personas y los elementos culturales —como el arte, el lenguaje, la tecnología y las tradiciones— me ha permitido comprender mejor cómo se desarrolla el pensamiento creativo. Glaveanu (2015, 2017) sostiene que los procesos creativos se generan mediante la interacción entre los individuos y los objetos culturales en contextos donde el lenguaje, las prácticas y los acuerdos sociales juegan un papel importante.
En el contexto educativo, fomentar la creatividad implica considerar aspectos clave como los saberes, los lenguajes, las formas de interacción y los recursos culturales. Esto conlleva un cambio profundo en la forma de pensar y actuar: abandonar patrones rígidos, activar el potencial de ambos hemisferios del cerebro, confiar en nuestras capacidades y promover una conciencia más reflexiva, crítica y transformadora. Esta es la base sobre la cual debe construirse una escuela que fomente la creatividad y el desarrollo integral del estudiante.
Al leer textos como Educar para innovar, innovar para educar, me vi profundamente interpelado como docente. Me llevó a revisar muchas prácticas que, por costumbre o exigencia del sistema, he venido reproduciendo sin detenerme a pensar en su verdadero impacto. Aunque siempre he actuado con responsabilidad y dedicación, soy consciente de que existen limitaciones estructurales: aulas poco flexibles, presión por cumplir programas y una evaluación que prioriza lo memorístico continúan siendo obstáculos reales para innovar.
Sin embargo, esta reflexión me ha hecho ver que innovar en educación no es opcional, es una necesidad urgente. El mundo cambia constantemente, y nuestros estudiantes requieren herramientas que les permitan adaptarse, pensar críticamente y proponer soluciones creativas. Por eso, la innovación no debe ser solo una herramienta, sino un objetivo en sí mismo: formar personas comprometidas, creativas y capaces de colaborar con otros.
Creo que uno de los grandes puntos de partida para transformar nuestras prácticas está en repensar la evaluación. Muchas veces me he cuestionado el peso excesivo que se le da a las notas frente al verdadero aprendizaje. Las pruebas individuales suelen opacar las posibilidades de construir saberes en colectivo. Y aunque no es posible modificar todo el sistema de golpe, sí podemos iniciar desde nuestra aula, valorando los procesos, las emociones y las producciones auténticas de nuestros estudiantes.
Además, estoy convencido de que incentivar la creatividad exige docentes con pasión, sentido del humor y disposición a proponer experiencias educativas desafiantes y colaborativas. Es fundamental abrir espacios para el diálogo, permitir la autonomía, organizar salidas o actividades fuera del aula, y, sobre todo, escuchar activamente a los estudiantes, ya que muchas veces sus ideas son fuente de innovación y renovación pedagógica. Como plantea Elisondo (2015), no debemos limitar el potencial de aprendizaje; todo lo contrario, debemos ampliarlo.
En resumen, impulsar la creatividad en la escuela implica un esfuerzo colectivo que involucra no solo a docentes, sino también a directivos, estudiantes, familias y a la comunidad en general. No obstante, este proceso comienza con una decisión individual: animarnos a salir de lo establecido, cuestionar lo rutinario y comenzar a construir, poco a poco, una escuela diferente. Porque educar también es creer en la posibilidad de transformar la realidad, y tener la determinación de hacerlo cada día, desde nuestra práctica cotidiana.

Comparto este criterio que para innovar se debe tener en cuenta estos aspectos como el arte, el lenguaje, la tecnología y las tradiciones, ya que son un punto de partida para considerar y realizar nuevas propuestas, obviamente con la interacción de las personas que somos capaces de proponer e innovar ya que como seres humanos contamos con inteligencia extraordinaria.
En el ámbito educativo los patrones rígidos irán extinguiéndose cuando los docentes tomen conciencia de que educar no es solamente que el estudiante memorice y sea evaluado mediante un número, sino que el docente aplique metodologías para impulsar al estudiante a tener un pensamiento crítico, desarrollar en ellos el espíritu de colaboración y que también les permita crear o proponer cambios para el desarrollo de la educación.
Es un excelente comentario de que cada docente deba incentivar la creatividad, pero esta exige docentes con pasión, sentido del humor y disposición a proponer experiencias educativas desafiantes y colaborativas, y sería muy satisfactorio que se comparta con los colegas de la institución.
En el contexto de la práctica educativa, es importante reconocer que muchas veces el agotamiento y las actividades que se deben realizar no resultan motivadoras o peor aún prácticas. El aprendizaje muchas veces no resulta un juego dinámico, alegre y libre de problemas, sin embargo cada día podemos aprender algo nuevo cuando empezamos a integrar hábitos saludables a nuestras prácticas, lo cual puede significar un cambio innovador en nuestras propias vidas, que luego podremos integrarlas a la vida de los estudiantes o de las demás personas con las que nos encontremos y podamos compartir un momento de nuestras historias personales. Desde luego esto es un asunto dinámico y complejo, que requiere de disciplina.