Mariano Martín-Gordillo y Elena Castro-Martínez (2014) plantean en Educar para innovar, innovar para educar que la tarea educativa no solo debe transmitir saberes consolidados, sino también formar a los estudiantes para enfrentar la incertidumbre y generar soluciones inéditas. Esta tensión entre legado y futuro me resulta especialmente relevante en un contexto semipresencial para jóvenes y adultos, donde los estudiantes llegan con trayectorias y necesidades diversas. Desde su perspectiva, aprender a innovar implica desarrollar competencias como la capacidad de explorar oportunidades, generar ideas, experimentar con soluciones y trabajar en equipo, habilidades que en mi experiencia en Instalaciones Eléctricas resultan imprescindibles cuando aplicamos simulaciones o software en lugar de equipos físicos.
El texto destaca cuatro grandes obstáculos que limitan la innovación en las instituciones educativas: contextos reglados, espacios seriados, tiempos repetidos y valores de evaluación. Por ejemplo, en nuestra realidad semipresencial, el currículo rígido de Electrotecnia dificulta diseñar proyectos integradores que combinen electricidad, automatismos y mantenimiento. Sin embargo, Martín-Gordillo y Castro-Martínez proponen comenzar por la evaluación como palanca de cambio: incentivar la evaluación continua y colaborativa puede permitir valorar procesos (diseño de circuitos, prácticas en simulador) frente a exámenes individuales. Este enfoque no solo empodera a los estudiantes, sino que también obliga al docente a repensar actividades, fomentando su propia profesionalidad innovadora.
Otro aporte fundamental es la caracterización de la “profesionalidad democrática” del docente: un profesional que asume autonomía y responsabilidad, trabaja en equipo, relaciona teoría con contexto cotidiano y cuestiona las rutinas
. Al adoptar esta ética, he podido integrar en mis clases de Técnica Eléctrica proyectos colaborativos donde los alumnos, en pequeños grupos, diseñan una instalación doméstica siguiendo criterios de eficiencia y seguridad. Así, no solo reforzamos los contenidos de la Ley de Ohm y técnicas de cableado, sino que fomentamos actitudes creativas y colaborativas propias de la innovación.
En síntesis, Martín-Gordillo y Castro-Martínez nos recuerdan que innovar para educar es, en última instancia, educar para innovar: un proceso circular en el que el docente y los estudiantes construyen juntos ambientes flexibles, evalúan de manera formativa y despliegan competencias que trascienden el aula tradicional. Adoptar estos principios en un programa semipresencial para jóvenes y adultos exige repensar nuestro diseño curricular, nuestras prácticas evaluativas y nuestras propias expectativas como facilitadores de un aprendizaje realmente innovador.

Xavier, tu reflexión me parece sumamente valiosa y pertinente, especialmente en el contexto para jóvenes y adultos. Has logrado articular de manera clara cómo las ideas de Martín-Gordillo y Castro-Martínez se traducen en prácticas concretas.
Coincido plenamente contigo en que educar para innovar implica mucho más que transmitir contenidos; es formar personas capaces de adaptarse, resolver problemas y colaborar eficazmente. Me parece fundamental cómo señalas los obstáculos estructurales como los tiempos rígidos y los valores de evaluación tradicionales, que muchas veces frenan la creatividad tanto del docente como del estudiante. Tu ejemplo de la evaluación como palanca de cambio es muy acertado: valorar procesos más que resultados permite visibilizar aprendizajes profundos. Además, destaco tu compromiso con la profesionalidad democrática del docente, que no solo transmite saber, sino que promueve el pensamiento crítico y el trabajo en equipo. Tus proyectos colaborativos son una muestra concreta de cómo se puede enseñar electricidad desde un enfoque innovador, vinculado a la vida real. Gracias por compartir una experiencia tan enriquecedora.