El texto de Bauman Zygmunt refleja una realidad cercana y preocupante: la educación es vista como algo que se obtiene a través de títulos o diplomas, es decir a través de algo que refleje que el producto ha sido obtenido y no como un proceso continuo y profundo; mediante el cual se obtiene conocimientos, habilidades, actitudes y valores necesarios para la vida personal y profesional. Lastimosamente, es común escuchar que la búsqueda de aprendizajes está encaminado más a la obtención de un determinado empleo que a la mejora de nuestras capacidades para resolver los desafíos de nuestra vida. Ante esta situación, vemos reflejado la inmediatez con la que queremos obtener los aprendizajes y por ende la facilidad con la que estos son olvidados.
Por tanto, surgen preguntas como ¿Cómo lograr aprendizajes duraderos en las nuevas generaciones? ¿Qué metodologías o estrategias de aprendizaje pueden ayudar a mis estudiantes a reconocer la relevancia educarse? ¿Qué se debe enseñar en una sociedad en permanente cambio? Estas preguntas nos dan una guía de que es imprescindible la aplicación de nuevas metodologías que inviten al estudiante a participar constantemente de manera que la adquisición no solo sea de conocimientos sino de habilidades necesarias para lograr su autonomía. De esta manera, estaremos brindando herramientas a nuestros estudiantes para enfrentarse a las distintas problemáticas, desafíos, realidades, et; que surgen el diario vivir. Además, es imperante que se empiece a relacionar lo que aprendemos con nuestro contexto, vida cotidiana, comunidad; de manera que los aprendizajes dejen de verse como un producto sino como esenciales para el desarrollo personal y no solo el profesional.
De tal modo, que con base en estos desafíos es necesaria la generación de innovaciones en la educación. Es decir, generar ideas y soluciones que ayuden a plantear soluciones para esta fugacidad de conocimientos. Siempre tomando en cuenta la participación de la comunidad educativa en la que se pretende innovar. Puesto que esto permitirá tener un panorama claro de cuáles son las problemáticas reales y qué necesidades existen.
La lectura del artículo “La implicación de las TIC en la educación: alcances, limitaciones y prospectiva” de Claudia Islas Torres me ha generado una mezcla de entusiasmo y cautela. Como docente en ejercicio y estudiante de maestría en Innovación Educativa, no puedo evitar preguntarme: ¿realmente estamos innovando con las TIC o simplemente maquillando viejas prácticas con recursos modernos?
El texto ofrece una mirada amplia y crítica sobre cómo las tecnologías han irrumpido en el ámbito educativo con promesas de transformación profunda. Se reconocen avances evidentes: el acceso a la información, la conectividad, los nuevos espacios de aprendizaje, la masificación educativa mediante los MOOCs. Sin embargo, también se señalan con claridad los límites de esta supuesta revolución digital: la falta de cambios metodológicos reales, la brecha entre el uso social y el uso pedagógico de las TIC, y la escasa alfabetización digital crítica de muchos estudiantes (y docentes).
Me resulta especialmente lúcida la afirmación de que no basta con incorporar infraestructura tecnológica. La innovación auténtica debe nacer del diseño pedagógico, de la reflexión sobre cómo las herramientas pueden potenciar el pensamiento crítico, la colaboración, la creatividad. Como bien advierte el artículo, muchas veces se cae en la trampa de considerar que el uso de tecnología por sí solo ya implica innovación, cuando en realidad seguimos replicando modelos tradicionales bajo una nueva fachada.
La prospectiva que plantea la autora también me invita a pensar con más profundidad: gamificación, aprendizaje personalizado, curación de contenidos… todos estos conceptos tienen potencial, pero requieren una cultura institucional que los sostenga, formación docente continua y, sobre todo, una visión pedagógica clara. La educación no puede depender exclusivamente de la velocidad de la tecnología; debe apoyarse en principios sólidos de enseñanza y aprendizaje significativo.
En definitiva, esta lectura me reafirma en una convicción: las TIC no son el fin, sino un medio. El verdadero desafío está en cómo las usamos para reconfigurar nuestras prácticas y responder a las complejidades del mundo actual. Innovar no es usar más tecnología, sino usarla mejor, con sentido pedagógico, con justicia social y con visión crítica.
En la actualidad, podríamos pensar que, gracias al avance de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), el proceso de enseñanza-aprendizaje se ha vuelto creativo en todas las aulas del mundo. Sin embargo, esta percepción no toma en cuenta las diferencias socioculturales y, sobre todo, económicas de cada país. No es lo mismo educar en un país del centro, como Bélgica, que en un país periférico, como Bangladesh. Si nos situamos en nuestro propio contexto, el desarrollo de la creatividad en el proceso de enseñanza-aprendizaje también depende del tipo de institución educativa. Las unidades educativas pueden ser privadas, fiscomisionales o fiscales, y cada una refleja una realidad social y económica distinta, de manera similar a la comparación entre países del centro y la periferia. Siguiendo esta lógica, podríamos considerar que las escuelas privadas representan el centro, mientras que las fiscales y fiscomisionales se asemejan a la periferia. Como señala Elisondo R. (2018), “los contextos educativos pueden tener un rol clave en la promoción de la creatividad como práctica cultural compartida.”
Desde mi experiencia como veedora y docente en colegios particulares y fiscales, puedo afirmar que la infraestructura tecnológica de una institución no garantiza que se fomente la creatividad en los estudiantes. En muchos planteles particulares, a pesar de contar con tecnología, los docentes aún creen que proyectar imágenes, videos o juegos de rompecabezas equivale a desarrollar la creatividad. No obstante, es cierto que, al menos, disponen de recursos para mostrar un mapa o diseñar actividades más dinámicas.
En contraste, en los colegios fiscales, observo que la tecnología es prácticamente inexistente, y el desarrollo de la creatividad sigue un modelo tradicional. Por ello, afirmo que la creatividad en estos planteles parece haberse quedado en el obscurantismo. Esto se debe a que muchos docentes aún consideran que la creatividad se limita a trabajos coloridos y llamativos, realizados en grupos cooperativos, en los que la integralidad del aprendizaje queda relegada. Además, el contexto educativo es rígido y la innovación suele percibirse como un acto contra natura. Para agravar la situación, el modelo de educación bancaria prevalente en el sistema fiscal limita el desarrollo del pensamiento crítico y la autonomía creativa de los estudiantes.
Sin embargo, no todo es negativo en el desarrollo de la creatividad dentro del sistema fiscal. He observado que algunos docentes comprenden que la creatividad no consiste únicamente en trabajos llenos de brillantina, sino en el fortalecimiento de la triada cuerpo-mente-espíritu. A través de preguntas dialógicas que estimulan el pensamiento crítico, estos docentes logran que los estudiantes desarrollen una creatividad auténtica y significativa.
Finalmente, a pesar de las dificultades que enfrenta el sistema fiscal, ya sea por la rigidez del currículo o por el enfoque tradicional predominante, aún podemos aspirar a construir una escuela alternativa. En esta escuela, ni la creatividad de los estudiantes ni la de los docentes tendría límites. Para ello, me atrevo a retomar el consejo de Elisondo R. (2018): como docentes, debemos llegar con una buena idea que inspire el cambio y fomente el desarrollo integral del aprendizaje.
Referencias: Elisondo, R. M. (2018). Creatividad y educación: llegar con una buena idea. Creatividad y Sociedad (27) 145-166 Recuperado de: http://creatividadysociedad.com/articulos/27/6.Creatividad y educacion_llegar con una buena idea.pdf
En la era de la modernidad líquida, como la denomina Bauman, la educación enfrenta un desafío inédito: preparar a individuos para un mundo que cambia constantemente, donde los conocimientos envejecen casi al instante y las certezas desaparecen. La estructura tradicional de la educación, basada en la acumulación de saberes duraderos y en una secuencia lineal de aprendizaje, parece desentonar con las exigencias de un mercado laboral y social cada vez más volátil.
Bauman advierte sobre este desfase al señalar que “el conocimiento tenía valor puesto que se esperaba que durara, así como la educación tenía valor en la medida en que ofreciera conocimiento de valor duradero” (Bauman 2007, 26). Sin embargo, esta lógica ya no se sostiene en un mundo donde lo efímero es norma y la actualización constante es una necesidad vital.
Les propongo responder estas dos preguntas de acuerdo a su experiencia estudiantil y docente, con el fin de lograr un intercambio de ideas de esta temática que me ha parecido bastante interesante.
¿Debe reinventarse la educación abandonando el ideal de permanencia del conocimiento? ¿O puede mantenerse fiel a su misión formadora en medio del vértigo de lo líquido?
Quiero compartir con ustedes este video que me sirvió mucho para comprender lo que nos menciona Bauman en referencia a la educación en la modernidad líquida.
Referencia
Bauman, Zygmunt. Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona: Gedisa, 2007.
El autor, Zygmunt Bauman nos invita a repensar la educación en un mundo marcado por la fluidez y la incertidumbre. Desde la educación actual, en Ecuador iniciamos con empatizar, reconociendo las tensiones que enfrentan estudiantes y docentes ante estructuras rígidas en una sociedad cambiante. Definiendo esta problemática como tal, identificamos desafíos como la obsolescencia del conocimiento, la superficialidad del aprendizaje y la dificultad de evaluar habilidades líquidas. Desafortunadamente se observa que surgen propuestas como currículos flexibles, pedagogías centradas en “aprender a aprender”, algo que personalmente considero un problema en la formación del estudiante, ya que la intención es solo adaptarse a la nueva modalidad y el rol del docente como guía en la ambigüedad. La idea es desplazarlo y apostar una mejora académica más sólida, al implementar proyectos interdisciplinarios, talleres y comunidades docentes adaptativas. Eso conlleva en reflexionar sobre la capacidad de los estudiantes para adaptarse, pensar críticamente y mantener anclajes culturales en medio del cambio. Esta mirada integradora propone una educación resiliente, que abrace la transformación constante sin perder profundidad. Preparar para la modernidad líquida no implica resistirla, sino diseñar experiencias formativas que permitan navegarla con sentido y autonomía. Formando de esa manera, un criterio determinante en los estudiantes, ese es el verdadero desafío en esta sociedad líquida.
Hace unos meses, al terminar de leer Un mundo feliz de Aldous Huxley, me enfrenté a una ficción perturbadora que, sin embargo, refleja con crudeza aspectos de nuestra realidad actual. La obra muestra una sociedad donde las personas han sido condicionadas para ser “felices”, aunque en realidad se trata de una felicidad superficial y automatizada. La inmediatez con la que los personajes calman sus emociones o acceden al placer mediante el soma, una droga que suprime cualquier malestar, evidencia una dinámica que, aunque exagerada en la novela, no resulta ajena a nuestra época. Este paralelismo se hace aún más evidente al contrastarlo con las ideas de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, donde la gratificación instantánea y la aversión al esfuerzo prolongado dominan la vida social.
En Un mundo feliz, la figura del “salvaje”, un personaje que proviene de fuera del sistema y cuestiona sus fundamentos, incomoda a quienes lo rodean porque representa una autenticidad que la sociedad ha reprimido. Su presencia desafía la comodidad de una existencia basada en la evitación del dolor y la reflexión profunda. Al final de la novela, esta autenticidad es rechazada y criminalizada, un desenlace que refleja la resistencia de las sociedades a enfrentar las complejidades de la condición humana. Esta narrativa resuena con lo que Bauman describe en Los retos de la educación en la modernidad líquida: una cultura que privilegia lo efímero, donde el compromiso con procesos profundos, como el autoconocimiento o la educación, se percibe como una carga innecesaria.
La obra de Huxley me dejó con una inquietud persistente: ¿Qué ocurre cuando la inteligencia emocional y la reflexión crítica son desplazadas por soluciones rápidas? En la novela, el soma simboliza la negación del proceso natural de crecimiento personal, donde el placer y la realización surgen del esfuerzo y la paciencia. Bauman, por su parte, habla del “síndrome de la impaciencia”, un fenómeno que observo diariamente en el ámbito educativo. Muchos estudiantes, y, en ocasiones, sus familias, muestran una baja tolerancia a la frustración, esperando resultados inmediatos sin valorar el proceso de aprendizaje. Cuando algo no sale como esperaban, buscan culpables externos, frecuentemente al docente, en lugar de reflexionar sobre sus propias acciones.
Bauman señala que la educación ha dejado de verse como un proceso continuo para convertirse en una “mercancía” que se consume y descarta. Esta mentalidad ignora que el aprendizaje implica ensayo y error, y que las habilidades más valiosas, como la resiliencia o el pensamiento crítico, se desarrollan con tiempo y esfuerzo. En la modernidad líquida, el conocimiento ya no se valora por su durabilidad, sino por su utilidad inmediata, lo que lleva a una educación fragmentada y superficial. Como docente, veo cómo este enfoque mina el rol del profesor, reducido a un proveedor de contenidos en lugar de ser un guía en la construcción del conocimiento.
La conexión entre Huxley y Bauman es clara: ambos advierten sobre los peligros de una sociedad que evade la profundidad y la reflexión. Mientras Huxley imagina un mundo donde la felicidad se impone químicamente, Bauman analiza una realidad donde la educación y el conocimiento se adaptan a la lógica del consumo rápido. Ante esto, surge una pregunta urgente: ¿Cómo rediseñar la educación para que, sin ceder a la inmediatez, siga siendo relevante en un mundo que cambia vertiginosamente? La respuesta, quizá, esté en recuperar el valor de lo procesual, en enseñar que el verdadero crecimiento, personal e intelectual, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la valentía de cuestionar las comodidades que nos ofrece la modernidad líquida.
La educación desde su concepción se la asocia al conocimiento y a la labor docente como el puente entre el conocimiento y los educandos. No obstante, se debe mencionar que, en un mundo que cambia aceleradamente; la función del docente y la concepción de la educación han ido cambiando, de manera que se han adaptado a la velocidad con la que la sociedad globalizada también lo ha hecho. El Ecuador, al igual que la gran mayoría de países del mundo está en el modelo económico del capitalismo y este modelo prioriza la producción, que no siempre es de productos o servicios, a veces también es de algo que va más allá de lo estrictamente material. Las personas que quiere el capitalismo deben cumplir con ciertas características para ser útiles en las diferentes dimensiones que haya la posibilidad.
En ese sentido, Bauman, en su texto Los restos de la educación en la modernidad líquida expone una serie de conceptos asociados a la realidad para hacer entender que las practicas educativas ya no son fijas ni duraderas, sino todo lo contrario; inestables, efímeras y “puntillistas”. En este marco se describe a la educación moderna, como un atomizada, donde todo debe ocurrir de inmediato, y claro, ya no queda tiempo ni espacio para ser creativos. Todo debe seguir un molde priorizando la inmediatez, tal cual, en la industrialización de los productos, mismos que han trasladado sus características a la gente que es representada por los estudiantes. Entonces, la motivación para innovar, para crear pasa a un segundo plano. En ese entorno tan volátil es que se puede llegar a presentar la impaciencia por “ser alguien” que gane dinero al lograr -lo antes posible- obtener un título, mismo que es mucho más valorado que el proceso de adquirir conocimientos o adquirirlos como tal.
Una vez que se analiza estos conceptos con las realidades que se evidencian en los colegios, se puede comprobar que no solamente el mercado marca esas normas o formas de educar en la actualidad, es más bien producto de la conjetura de diferentes elementos y circunstancias que rodean la el proceso de enseñanza. Al parecer, esta volatilidad ha afectado a los hábitos y la conducta del ser humano. En la practica de la docencia es frecuente encontrar a estudiantes sin motivación para aprender producto de un cansancio por la supuesta acumulación de tareas. Por lo antes dicho, es ese una de las excusas para justificar -en muchos de los casos- el bajo desempeño académico en sus calificaciones. Sin embargo, se debe resaltar que las tereas en la mayoría de materias se las adecúa a los tiempos de los estudiantes; lo que haría suponer que no es esa la causa del problema. Por otro lado, y quizá aún más preocupante; se encuentra a la falta de motivación o al cansancio docente, ya que de manera constante esperan que se cabe el año y de alguna forma justifican el bajón en la motivación de los jóvenes. Quizá haya docentes que únicamente estén en sus funciones esperando el fin de mes y eso no está mal, pero, que producto de esa inmediatez en querer que se acaben los periodos sí es preocupante porque afecta al normal desenvolvimiento académico del proceso educativo. Pese a este panorama inestable y muchas veces desalentador, la esperanza educativa no ha desaparecido. Por el contrario, se transforma. En medio de la presión del mercado y la urgencia por producir resultados inmediatos, aún persisten docentes que entienden la educación como un acto profundamente humano y ético. Son ellos quienes, a pesar del cansancio o las limitaciones, siguen apostando por una enseñanza con sentido, que mira al estudiante no como producto, sino como persona.
En nuestras aulas, en cada diálogo genuino, en cada momento en que un estudiante se siente visto, escuchado y motivado a pensar por sí mismo, se abre una grieta en la lógica líquida del sistema. Y es allí donde la verdadera educación sigue teniendo lugar. Como docentes, no todo está perdido si nos reconocemos como agentes de cambio capaces de acompañar procesos, no solo de transmitir contenidos. Apostar por una educación más consciente, más crítica y más humana —aunque sea desde pequeños gestos cotidianos— sigue siendo nuestra mejor forma de resistencia.
Parece una noción apocalíptica, acaso nostálgica o desesperanzadora, la idea de Bauman sobre los vínculos de hoy en día. ¿Perseguimos el conocimiento?, o ¿quizá solo pasa por nosotros, sin que nos transforme, de manera que seleccionamos solo aquello que nos sea útil? Si, lo común en este tiempo radica en pensar el sentido practico de las cosas, lo que es técnico, lo que es provechoso, lo que dará dinero; pero ¿que ocurre con nuestras subjetividades? considero que estas no deben estar exentas del conocimiento que adquirimos. En medio de tanta fragmentación del tiempo y la abreviación del conocimiento, deseamos condensar todo con tal de hacerlo accesible, pero evitamos algo medular: pensar desde la complejidad, comprendernos en nuestro entorno, no como algo general y liquido, sino que justamente requiere de atención, escucha, cuidado; considero que no todas las sociedades presentan tal liquidez generalista; existen aun comunidades cuyas formas de vida esquivan el ajetreo, formas comunitarias de organización en donde todavía los individuos pensamos en colectivo.
Como sugiere Bauman, la educación no solo se trata de almacenar en nuestra memoria ram para obtener conocimientos, sino que debe ir mas allá. Abundan las formas de auto educarnos, formas de repensar sobre el quienes somos, seres que se transforman constantemente, que podrían dejarse afectar por los cambios, pero a la vez conscientes de que nuestra formación como docentes debe estar en constante reflexión, y auto critica, cada grupo que llega es distinto y debemos pensar en las nuevas sensibilidades de los estudiantes que llegan. Aspiro a que todos podamos soltar la tradición, y adaptarnos al cambio, no por su naturaleza inestable y cambiante, sino para comprender a los que llegan al aula, esperando de nosotros, siquiera un poco de humanidad.
Zygmunt Bauman (2008) nos invita a repensar el papel de la educación en un mundo cambiante, marcado por la inestabilidad, la incertidumbre y la constante transformación. La metáfora de la “modernidad líquida” que propone el autor resulta sumamente pertinente para comprender los desafíos que enfrenta hoy el currículo escolar. En este contexto fluido, donde nada permanece y todo cambia rápidamente, la educación tradicional se considera como estructurada, rígida y predecible volviéndose de esta forma insuficiente.
Desde esta perspectiva, la innovación curricular se convierte en una necesidad urgente. No se trata solo de cambiar contenidos o metodologías, sino de asumir que los procesos de enseñanza-aprendizaje deben ser más flexibles, adaptativos y significativos. Como docente de jóvenes y adultos en un contexto de educación semipresencial, reconozco esta urgencia: muchos estudiantes llegan con trayectorias educativas fragmentadas, diversas realidades laborales y familiares, y una fuerte necesidad de encontrar sentido en lo que aprenden.
Bauman advierte que la educación ya no puede preparar para “un futuro previsible”, porque ese futuro no existe. Por tanto, innovar curricularmente implica dotar a los estudiantes de herramientas para aprender a aprender, fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de adaptación. Desde mi práctica, esto ha significado incluir proyectos integradores, promover el aprendizaje colaborativo y utilizar tecnologías accesibles para fortalecer la autonomía.
Finalmente, la modernidad líquida exige docentes reflexivos y comprometidos con el cambio. Innovar, en este marco, es una forma de resistencia frente a la obsolescencia del sistema educativo tradicional y una apuesta por una educación más humana, contextualizada y transformadora.
Empezar esta asignatura me genera muchas expectativas, porque siento que va a ser una oportunidad para pensar la educación de otra manera. Durante años he seguido una planificación tradicional, y aunque sé que me ha dado resultados, también reconozco que los tiempos han cambiado y que nuestros estudiantes necesitan algo más. Por eso, me interesa muchísimo descubrir nuevas formas de trabajar el currículo, hacerlo más dinámico, flexible y cercano a la realidad de los jóvenes con quienes comparto el aula cada día.
A la vez, no puedo negar que tengo ciertas preocupaciones. Una de ellas es el proyecto de innovación curricular que debemos desarrollar. Me pregunto si estaré a la altura, si podré aportar ideas verdaderamente significativas y si lograré cumplir con el nivel de profundidad que se espera. También me inquieta el trabajo en grupo, porque soy consciente de que una buena coordinación y compromiso colectivo son fundamentales para lograr un producto sólido y coherente. Quiero dar lo mejor de mí, no solo por la calificación, sino porque sé que este trabajo podría marcar un antes y un después en mi forma de enseñar.
Considero que esta materia será clave para mi crecimiento profesional. En mi rol como docente del bachillerato técnico, siento la necesidad de innovar, no por moda, sino porque realmente quiero que mis estudiantes encuentren sentido en lo que aprenden. La innovación curricular me desafía a salir de mi zona de confort, a cuestionar lo que he hecho hasta ahora y a atreverme a proponer cambios que impacten positivamente en el aprendizaje.
“Todo lo que vale la pena lleva su tiempo, su esfuerzo y un poco de incertidumbre. Pero al final, la transformación siempre comienza con una buena idea y el valor de intentarlo.”