Reconocer con claridad el rol que cada persona desempeña dentro de un proceso de creación colaborativa es una práctica esencial que debe asumirse tanto desde la perspectiva colectiva como desde la responsabilidad individual. Cada participante aporta desde su función particular al desarrollo del pensamiento científico.
En toda experiencia educativa —antes, durante y después— surgen ideas motivadas por estímulos, muchas veces involuntarios, generados por los propios actores. Estas ideas ayudan a comprender el sentido de las actividades que se realizan, las cuales pueden dar lugar tanto a soluciones como a conflictos que impactan en lo emocional y psicológico. Tales situaciones suelen reflejarse en las dinámicas del aprendizaje grupal, sobre todo cuando existen obstáculos o carencias de liderazgo que dificultan orientar un proyecto hacia metas claras.
Independientemente del grado de dificultad que implique la gestión de un proyecto, todos los involucrados se convierten, de algún modo, en evaluadores del proceso creativo. Por lo tanto, tienen la legitimidad de expresar opiniones y sugerencias sobre el avance, la eficacia y los aportes individuales y colectivos.
Las ciencias paradigmáticas ofrecen múltiples herramientas para nutrir el pensamiento de quienes participan en procesos creativos o productivos. Sin embargo, aunque estas metodologías suelen ser muy efectivas, pueden también generar tensiones debido a la diversidad de enfoques cognitivos que cada persona pone en juego.
Por eso, la claridad en los roles, el respeto por los tiempos del otro y la ejecución pausada de las acciones resultan claves para garantizar un proceso de creación armónico y coherente.
