Romina Elisondo a través de su artículo nos invita ver a la creatividad más allá del área artística sino como un proceso complejo, individual y social que ayuda a conocer y descubrir nuestro entorno y a promover comunidades abiertas, inclusivas e interconectadas.
Como docentes tenemos el deber de cultivar en nuestros alumnos la creatividad pues a través de ellas generan autonomía, la capacidad de resolver problemas, habilidades de trabajo colaborativos. Por consiguiente, debemos ser capaces de generar contextos creativos que promuevan habilidades cognitivas y socioemocionales. Para ello, Elisondo nos plantea que nuestra labor es llegar con una buena idea, es decir con una propuesta que despierte el pensamiento divergente, la motivación, el interés y el entusiasmo por aprender. Esto implica que seamos capaces de adaptar nuestras estrategias metodológicas las necesidades, gustos y motivaciones de nuestros estudiantes ya que no siempre el mismo tipo de actividades puede tener el mismo efecto positivo en diferentes contextos educativos.
Entre las actividades que Elisondo nos sugiere trabajar están: actividades extracurriculares, el uso reflexivo de la tecnología, establecer actividades colaborativas, generar espacios de diálogo, plantear actividades de resolución de problemas, propiciar la generación de preguntas, tomar en cuenta las emociones, entre otras.
Con respecto a lo mencionado, puedo destacar que la creatividad no solo puede ayudar al desarrollo del estudiante sino que puede fomentar individuos comprometidos con el establecimiento de soluciones a las problemáticas de su comunidades. He aquí que puedo destacar que el Design Thinking puede ser una metodología adecuada no solo para resolver problemas sino para fomentar espacios creativos.
Como alguien que no hace mucho tiempo sigue el camino de la docencia, me parece interesante saber que la creatividad se puede desarrollar desde varias aristas. Sin embargo, me llama la atención refiriéndome a la segunda lectura, el hecho de que siempre creamos en comunidad ya sea una enseñanza o un producto. Creamos desde un conocimiento previo para generar algo nuevo, para resolver, para dinamizar, para evolucionar en conjunto con nuestro entorno educativo. Esa construcción colectiva cobra aún mas importancia cuando entendemos que el aula no es un espacio aislado sino un lugar en el que se desarrollan distintas historias, costumbres y formas de pensar.
Quiero enfocar este comentario hacia la reflexión sobre lo importante de la creatividad para intentar solventar una necesidad, pues es mi guía en el desafío que nos planteamos y es que, todo aquí parte del diálogo con quienes nos rodean para intentar entender su realidad, para descubrir a cada alumno con su cultura, su mundo. Desde ahí podemos generar propuestas transformadoras. (Elisondo 2018)
Como docente, la lectura del artículo “Creatividad y educación: llegar con una buena idea” de Romina Elisondo ha sido profundamente reveladora y movilizadora. Me ha permitido repensar mi práctica cotidiana desde una perspectiva más amplia, entendiendo que la creatividad no es patrimonio exclusivo del arte, sino una capacidad transversal que puede y debe desarrollarse en todas las áreas del conocimiento. Este enfoque me invita a diseñar propuestas didácticas que promuevan el pensamiento divergente, la curiosidad, la emoción y la interacción social como motores del aprendizaje, dentro y fuera del aula.
El texto también me interpeló al destacar el rol del docente como generador de contextos creativos, que debe “llegar con una buena idea”, es decir, con propuestas planificadas, pertinentes y desafiantes que despierten el interés de los estudiantes y les permitan apropiarse del conocimiento desde su propia experiencia. Me motiva especialmente la idea de romper con estructuras rígidas, integrar actividades extracurriculares, propiciar el trabajo interdisciplinar y fomentar un ambiente emocionalmente seguro donde las ideas, las preguntas y los errores sean bienvenidos. Sin duda, este artículo me impulsa a seguir buscando formas de innovar en el aula y de potenciar la creatividad como una herramienta para el desarrollo integral de mis estudiantes.
Cuando escuchamos la noción de ¨ser creativos¨, de inmediato lo pensamos en criterios de originalidad, de crear algo nunca antes visto o imaginado, sin embargo, haciendo eco de la frase de Aristóteles ¨nada hay en el entendimiento que antes que no haya pasado por los sentidos¨, pensamos que la experiencia sensorial es necesaria, adquirir ideas de esto y aquello, recoger un conjunto de inspiraciones. La autora Romelia Elisondo nos menciona que: ¨En los contextos educativos circulan múltiples conocimientos, lenguajes, interacciones y objetos de la cultura: elementos claves para la creatividad¨, es una invitación a la exploración, y a desprendernos (si quiera un poquito) del currículo trazado desde la institución.
Asimismo, se enuncia que la creatividad no es una sola, esta puede venir desde la experiencia sensible, desde la funcionalidad, y desde lo artesanal, por lo que se manifiesta con varias formas y propósitos. Concuerdo con la idea de que, como docentes, el ser creativos no radica en replicar modelos de otros contextos, sino que justamente se trata de inmiscuirse en el contexto, en indagar la cultura y los saberes, en conocer las formas de relaciones humanas, y por supuesto, las emociones y afectos que se encuentran imbricados. Qué somos sino seres sentipensantes, diría Galeano.
Me ha parecido relevante destacar la parte exterior al aula, otras experiencias que construyen, aportan y son parte de la vida. Hay inspiraciones que solo se encontrarán fuera de las aulas. En lo extracurricular, debemos ser observadores con nuestro entorno, a estimular nuestros sentidos y luego de internalizarlos para empezar a crear. Una de las diez ideas finales que nos plantea el autor, radica en formular preguntas, construir pensamientos, darse la oportunidad de los contextos inesperados, salir de las formas disciplinarias que nos han formado desde el siglo pasado. Para algunos será retador salirse del sistema, pero lo que insta este texto es arriesgarse a crear, a encontrar un aleph con más mundos posibles.
La autora comienza a analizar teóricamente las contribuciones de diversos autores sobre la creatividad, educación, y proponer “buenas ideas” para fomentar entornos creativos de enseñanza y aprendizaje en contextos formales y no formales. Se revisaron textos sobre creatividad y educación publicados en los últimos 10 años en libros y revistas especializadas proponiendo las siguientes ideas: Nuevos paradigmas y perspectivas sobre la creatividad que va más allá del arte, la creatividad implica más que la cognición, las disciplinas y las respuestas únicas, la creatividad se desarrolla en diversos espacios, no solo en las aulas y que a creatividad es más que un atributo individual, que involucra interacciones. Destacando la importancia de entender la creatividad como un fenómeno complejo que siempre involucra las relaciones entre las personas y los elementos de la cultura. Por lo tanto, las perspectivas educativas sobre la creatividad deben considerar esta complejidad, creando contextos que fomenten la interacción con diversas personas, de conocimientos y objetos, tanto dentro como fuera del aula, en actividades curriculares y extracurriculares. Romina Cecilia Elisondo argumenta por una visión amplia y compleja de la creatividad en la educación, que debe de ser enfatizando en la necesidad de generar entornos que promuevan la interacción y la exploración en diversos ámbitos como en aumentar las posibilidades educativas, en Invertir en educación. Estas ideas buscan transformar la educación, reconociendo el potencial creativo de los estudiantes, construyendo espacios para la creación y la resolución de problemas, y promoviendo la interacción con otros y con la cultura.
La educación siempre ha sido considerada como la mejor de las “herencias”, pero es importante comprender que no se trata únicamente de conocimientos, asignaturas o de cuánto se logra aprender. La educación es un ente integral en el que participan varios actores, y donde se destaca un protagonista principal: el estudiantado.
Si bien es cierto que este ocupa una posición clave, sería un error pensar que puede actuar por sí solo. Su desarrollo se complementa con el escenario (los espacios educativos), los actores secundarios (los maestros) y los personajes de apoyo (los padres). Todos ellos conforman esta teatralidad educativa, la cual es guiada por un ente director: el Ministerio de Educación.
Gracias a un esfuerzo conjunto, es posible perfeccionar los procesos de enseñanza y aprendizaje. Sin embargo, en muchas ocasiones se cae en una rutina pedagógica que se transmite de año en año, sin entender que necesita ser renovada desde lo más simple hasta lo más complejo. Esto se debe a que el estudiantado evoluciona constantemente y requiere de nuevas estrategias, metodologías, didácticas y herramientas para generar aprendizajes sólidos que le permitan enfrentar nuevos escenarios.
¿Pero de qué depende esta evolución? Es una tarea compartida, donde no basta con la acción de un solo personaje. Se necesita que todo el reparto educativo sea proactivo, innovador y, sobre todo, esté motivado a evolucionar hacia un estado donde se anticipen situaciones, se relacionen hechos con la realidad del aula, y se brinden condiciones y desafíos que estimulen la resolución de problemas, entre otros aspectos fundamentales.
El docente, más allá de ser un transmisor de conocimientos, se convierte en un agente de cambio fundamental dentro del proceso educativo. Su compromiso con la innovación implica una actitud abierta a nuevas metodologías, al uso creativo de la tecnología y a la constante reflexión sobre su práctica. Un maestro comprometido no se conforma con repetir esquemas del pasado, sino que busca transformar el aula en un espacio dinámico, inclusivo y significativo. Reconoce que la educación debe adaptarse a las necesidades de un mundo en constante cambio, y por ello asume con responsabilidad el reto de formar estudiantes críticos, autónomos y capaces de desenvolverse en contextos diversos.
Educar no es simplemente transmitir información, sino formar seres humanos capaces de pensar, cuestionar, crear y transformar su realidad. La evolución del sistema educativo no debe depender únicamente de reformas estructurales, sino del compromiso consciente y activo de todos los involucrados. Solo cuando comprendamos que educar es un acto colectivo y dinámico, podremos construir entornos de aprendizaje verdaderamente significativos, donde cada estudiante no solo reciba conocimientos, sino también herramientas para construir su propio camino con sentido y propósito. Es por ello que el cambio se debe de dar desde el “pensamiento” del profesorado buscando aprender, capacitarse para ser un profesional que innove en su clase diaria-vida diaria.
Elisondo, R. C. (2018). Creatividad y educación: llegar con una buena idea. Creatividad y Sociedad, (27), 145–166.
Vivimos en una era donde la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, transformando todos los aspectos de nuestra sociedad. La Cuarta Revolución Industrial ha hecho realidad muchas innovaciones que antes pertenecían solo al ámbito de la ciencia ficción. La automatización, la inteligencia artificial y la digitalización han redefinido la manera en que trabajamos, nos comunicamos e incluso aprendemos.
En este contexto, las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) han adquirido un papel central, especialmente en el ámbito educativo. La educación ha pasado de ser un proceso tradicional basado en libros y aulas físicas a una experiencia dinámica y accesible desde cualquier lugar. Las aulas virtuales, las plataformas interactivas y la inteligencia artificial han facilitado el acceso al conocimiento, eliminando barreras y ampliando las oportunidades de aprendizaje. Hoy, basta con escribir una consulta en un buscador para obtener información de inmediato, incluso estos buscadores están siendo reemplazados por la inteligencia artificial.
Sin embargo, a pesar de los beneficios evidentes de estas herramientas, el uso de las TIC en educación no siempre se traduce en un aprendizaje significativo. Como docente, observo que muchos estudiantes ven en la tecnología una vía rápida para resolver tareas, sin desarrollar las habilidades de análisis y pensamiento crítico necesarias para comprender el conocimiento de manera profunda. La facilidad de acceso a la información ha generado, en algunos casos, una dependencia que reduce la capacidad de reflexión y resolución de problemas.
Es aquí donde los educadores tenemos un reto fundamental: debemos guiar a nuestros estudiantes en el uso de la tecnología como un recurso que potencie su aprendizaje, no como una solución inmediata a sus tareas. La clave está en equilibrar el acceso a la información con el desarrollo del pensamiento crítico, promoviendo estrategias educativas que fomenten la investigación, el análisis y la creatividad.
La tecnología no debe ser un SOS en la educación, sino una herramienta poderosa que impulse el desarrollo intelectual y la autonomía de los estudiantes. Solo así lograremos que la Cuarta Revolución Industrial no solo transforme el mundo, sino también la forma en que pensamos y aprendemos.
Tras la lectura del artículo “Creatividad y educación: llegar con una buena idea” de Romina Cecilia Elisondo (2018), me resulta inevitable replantearme el papel que como docentes estamos asumiendo frente a la creatividad en nuestras prácticas cotidianas. Elisondo logra construir un análisis riguroso y profundamente humano sobre la necesidad de pensar la creatividad como algo que va mucho más allá del arte o la innovación técnica. Su propuesta es clara: la creatividad es un fenómeno complejo, social y cultural que debe permear todo el proceso educativo.
Uno de los aportes más valiosos de este artículo radica en los cinco ejes que desarrolla: “mucho más que arte”, “mucho más que el aula”, “mucho más que el individuo”, entre otros. Estos enfoques permiten desmontar la visión reduccionista que suele vincular creatividad únicamente con disciplinas artísticas o con talentos individuales. Por el contrario, Elisondo nos invita a pensar la creatividad como una construcción colectiva, situada y profundamente ligada al entorno, la cultura, los vínculos y la emoción.
Destaco especialmente las “diez buenas ideas” que la autora propone al final del texto. Entre ellas, me interpelan profundamente dos: “llegar con una buena idea” y “mirar la educación desde perspectivas creativas”. Estas acciones, si bien parecen simples, implican un compromiso profundo del docente con la planificación reflexiva, con la ruptura de esquemas tradicionales, y con el respeto a la diversidad cognitiva y emocional de sus estudiantes.
Además, la autora enfatiza que la creatividad no se enseña, sino que se propicia. Esto exige que generemos climas educativos emocionalmente seguros, donde se valore el error, la curiosidad, la pregunta y la exploración. En este sentido, me queda claro que el reto no es solo metodológico, sino también ético: formar ciudadanos capaces de crear, dialogar, imaginar y transformar.
Este artículo de Elisondo no solo enriquece la teoría educativa, sino que funciona como un espejo para el ejercicio docente. Nos recuerda que crear también es educar, y que, en un mundo en constante cambio, una buena idea puede marcar la diferencia. El desafío está en llegar a clase con esa idea, nutrida por la teoría, pero sobre todo, por la sensibilidad pedagógica.
“Llegar con una buena idea implica también planificación y reflexión por parte de los profesores respecto de las propuestas educativas y sus potenciales impactos en el aprendizaje y la creatividad de los estudiantes.” (Elisondo, 2018, 158)
Romina Cecilia Elisondo (2018) nos propone pensar la creatividad como un fenómeno complejo, que va mucho más allá del arte o la cognición. En su artículo Creatividad y educación: llegar con una buena idea, la autora ofrece un enfoque integrador, donde la creatividad no es propiedad exclusiva del talento individual, sino el resultado de una interacción constante entre personas, contextos, emociones y objetos culturales.
Una de las ideas más potentes del texto es la noción de “llegar con una buena idea” al aula. Esta expresión encierra una responsabilidad ética y profesional del docente: planificar con intención, conocer a los estudiantes y generar ambientes propicios para el pensamiento divergente. En mi experiencia como docente de jóvenes y adultos en educación técnica semipresencial, he comprobado que no basta con tener recursos; lo que realmente transforma la clase es la actitud de apertura, de sorpresa y de diálogo que proponemos desde nuestra planificación.
Elisondo también nos recuerda que la creatividad no se limita a las aulas ni a una sola disciplina. Es transversal, vital y profundamente humana. Las actividades extracurriculares, las experiencias fuera del aula, y la interacción con diversos actores sociales son claves para activar procesos creativos. En este sentido, proyectos interdisciplinarios o “indisciplinados”, como los llama la autora, permiten a los estudiantes construir conocimientos significativos y genuinos.
Finalmente, esta lectura me ha llevado a cuestionar cuánto espacio dejamos a la creatividad en nuestras prácticas cotidianas docentes. ¿Escuchamos realmente las ideas inesperadas de los estudiantes? ¿Diseñamos tareas que admiten múltiples soluciones? La innovación curricular, en este marco, no es otra cosa que permitirnos como educadores repensar los límites de nuestra propia creatividad pedagógica.
La creatividad desde el ámbito educativo, debe considerarse como una innovación que el docente implementa para lograr sus objetivos. Es fundamental que la creatividad esté presente en los diferentes ámbitos en los que podría direccionar la educación, incluyendo ámbitos formales y no formales, pues crear un ambiente de aprendizaje no es una labor que se da de la noche a la mañana, como se mencionó anteriormente, el contexto es esencial al momento de destapar la creatividad. Desde el punto de vista sociocultural se han dado grandes aportes teóricos que han ampliado el panorama para la construcción de ambientes de aprendizaje. En el artículo de Elisondo, se plantea que la creatividad no debe limitarse al arte ni a la cognición individual, sino que debe entenderse como un proceso social, cultural, emocional y educativo, donde intervienen múltiples factores: personas, contextos, emociones, vínculos, objetos culturales y conocimientos. En este sentido la educación no solamente es el mero acto de impartir conocimientos, sino, la interrelación y la intervención de varios factores socioculturales que envuelven un proceso. Cuando se habla de un ambiente de aprendizaje envuelve al concepto de escuela, los espacios educativos deben dejar de ser lugares rígidos y cerrados. Se propone transformar las aulas en ambientes de exploración, interacción y colaboración, donde la creatividad no sea una actividad eventual sino una práctica cotidiana.
Si esto lo relacionamos con nuestra práctica educativa, el docente debe llegar a clase con propuestas significativas que estimulen la curiosidad y la participación activa de los estudiantes. Esto implica reflexionar, conocer bien al grupo y los contenidos, y estar abierto a modificar el rumbo según el contexto.
Además, la construcción de un ambiente emocionalmente seguro, para que los estudiantes se animen a pensar diferente y crear, necesitan sentirse respetados, escuchados y valorados. El rol del docente como mediador emocional es esencial. Hay que destacar el que tenemos como docentes, no solo el transmisor sino también de mediador, tomar en cuenta la situación incluso En conjunto con el trabajo colaborativo que es clave en el proceso de creatividad se potencia en el intercambio de pensamientos e ideas. Incluir dinámicas grupales, debates, proyectos cooperativos y experiencias compartidas puede generar ideas más ricas y soluciones innovadoras.
Un docente siempre debe tener apertura a lo inesperado, en otras palabras, salir del guion, permitir lo improvisado y lo no planificado (siempre con sentido pedagógico), puede ser una fuente potente de creatividad tanto para el docente como para los alumnos. Incluso, usando las Tics como una herramienta de expresión de ideas para conectar con el mundo que rodea al estudiante. La creatividad también se puede dar fuera del aula, con salidas de aprendizaje, para conocer que hay un mundo afuera que nos puede enseñar desde diferentes perspectivas.